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Tarahuramaras

La leyenda de los Corredores Tarahumaras

(Crónica de Juan Francisco Carreras, corredor de la Ultramaratón del Caballo Blanco 2018)

El ser humano y su cultura está ligada fuertemente a su lenguaje. Durante casi 50kms mi corazón se vio de toda la gama de colores de la majestuosa barranca del cobre.

Y es que, ¿qué podemos pensar de una cultura que cuando se dirige a ti usa “Chu ani sorachi”?. Estas 3 palabras se utilizan para preguntarte cómo estás, pero que literalmente significa “¿Cómo se ve tu corazón hoy?”. De todos los juegos de luces vistos, iban desde el brillo de los ojos de unos pequeños raramuri tratando de alcanzar las frutas más altas, (con un improvisado arpón). Hasta la oscuridad absoluta de la noche más limpia, tan solo contaminada por millones de inconscientes estrellas ardiendo a años luz.

Cada carrera, por larga que sea, comienza con un paso. Y este paso me obligó a darlo meses atrás, cuando mi chica me inscribió en secreto en esta colosal prueba junto a los indios tarahumaras.

¿Se puede preparar una maratón de montaña viviendo en la ciudad más plana de Estados Unidos? además, habitando a miles de millas de la montaña más cercana? Las ganas de conocer a esa tribu tan fascinante, hijos de la madre tierra y poder ver con mis ojos todo lo leído acerca de ellos en el libro “Nacidos para correr”, eran el mejor entrenador.

Y el mayor motivador era cómo llegaríamos allí. Casi 2000kms en coche cruzando el oeste de Texas y adentrándonos en la espina dorsal de la Sierra Madre mexicana. Para mayor aliciente, en la frontera nos recogería un desconocido mexicano al que en menos de 24 horas acabaría llamando hermano.

Llegar a Urique, escenario de la carrera, nos hizo sentir como Neil Amstrong abriendo la escotilla del Apolo 11. Tras casi 2 horas de caminos serpenteantes arropados por mantos arbóreos nos encontramos con el mirador de Urique. Una plataforma de acero suspendida sobre la impresionante garganta esculpida por vientos milenarios y la erosión del agua.

Un escenario donde Goliath se convierte en David, donde tu ego agacha las orejas ante la infinita inmensidad de la naturaleza. Como dijo Miguel Delibes en su novela El camino: “Los hombres se hacen. Las montañas ya están hechas”. Y tras tantos meses naufragando entre asfalto y cemento, mi mayor deseo era fusionarme con lo que veían mis ojos. Ansioso de gestarme en el vientre de roca de la madre tierra durante las horas que durase la carrera.

La primera toma de contacto con los raramurí fue una de las experiencias más filantrópicas de nuestra vida. Centenares de corredores y corredoras de todos los pueblos de las barrancas, esparcidos por doquier y sumidos en el silencio más misterioso y espiritual. Muchos de ellos llegando a caminar un día entero para llegar a la carrera, correr los arduos 80 kilómetros, cargar con todas la provisiones de maíz.  Además de otros víveres donados por la organización y volver a caminar otro día de vuelta a sus aldeas, ubicadas en los más recónditos recovecos de la montaña.

Dicen que cada persona es un mundo, y tras 3 años en el mundo de las carreras por montaña me dí cuenta que cada “corremontes” es un universo: aunque compartas meta y salida. Cada corredor se nutre de diferentes motivaciones para calzarse las deportivas, madrugar un domingo y castigar su cuerpo durante horas.

En esta ocasión la llama que ardía dentro de mí para afrontar la Ultra Maratón Caballo Blanco, se congeló al darme de narices con una realidad bastante amarga. La gran mayoría de indígenas iban a correr para poder tener acceso a comida y poder llevarla a sus poblados para hacer la “korima”.

Korima es una palabra raramurí que significa a la misma vez “dar y recibir”. El instinto más puro del ser humano por compartir con su prójimo todo lo que posee sin esperar nada a cambio.

Asistimos a una humilde y preciosa ceremonia, donde nos explican (en español, inglés y raramurí) cómo iba a transcurrir la prueba. Además de presentar a todos los corredores internacionales y templar nuestros nervios con danzas tradicionales y puras rancheras entonadas por mariachis.

De camino a casa, nos encontramos con muchísimos tarahumara durmiendo al raso, en las aceras sin más techo que las estrellas.

Durante el desayuno, escucho una voz tímida que me susurra: “¿Me pichas una coca?”. Me giro y veo un señor de unos 60 años con una bandana en la cabeza y la típica falda tarahumara: era ni más ni menos que Juan Herrera,el ganador de las 100 millas de Leadville en el año 93. Entre risas me contaba que cuando le explicaron que para ir a Estados Unidos tenía que ir en avión, él preguntó:”¿Qué es avión?.- Es como un pájaro gigante de hierro” le dijeron. En el aeropuerto él estaba paralizado pensando que aquel pájaro gigante lo devoraría para después escupirlo en Colorado.
Así son ellos, tan básicos cómo la naturaleza, tan esenciales cómo el agua y tan complejos como el oxígeno que nos da la vida.

 

Allí estábamos todos, impacientes en la línea de meta y al grito de “De corazón, Urique” se daba el pistoletazo de salida. Durante 47kms iba a vivir una de las experiencias más inolvidables de mi vida. Compartir esas montañas rusas de piedra, barro y tierra con estos seres que corrían como gacelas sobre sus huaraches de neumático, y sin más atuendo que una falda y su bandana al cuello.

Primeros 14 kilómetros

Me encontraba como si los espíritus de la sierra madre estuvieran empujándome, a cada zancada, a cada respiración. En poco más de una hora estaría viendo a mi chica y mi particular equipo de viaje. En esos momentos donde te sientes tan arropado, te das cuenta que estás haciendo lo que amas con quien amas, en el lugar y momento correcto.

Kilómetro 20

Dejamos los áridos paisajes de cactus y serpientes para adentrarnos en la cara norte de las barrancas. Un majestuoso bosque lleno de ríos y cascadas, donde todos los tonos de verde jugaban bajo los primeros rayos del amanecer. Durante toda la carrera, adelanté y me adelantaron hombres y mujeres de todas las edades. Corredores en vaqueros, con zapatillas de lona, mujeres con sandalias de río, jóvenes que iban fumando marihuana mientras corrían para evitar los calambres musculares. Si la industria del “running” viera esto, cuántos millones perdería en todos esos gadgets inútiles que nos hacen creer que son indispensables para ser un buen corredor.
Otra lección más aprendida en esta aventura.

Kilómetro 32

Volvemos a pasar por el pueblo para dirigirnos a una aldea vecina, donde recogería mi última pulsera de control y poder volver a meta concluyendo esta increíble odisea. Sólo faltaban unos 15 kilómetros pero un sol abrasador, cayendo en perpendicular sobre el cañón de Urique no lo iba a poner fácil. Los últimos kilómetros fue una lucha psicológica contra unos pies doloridos y unas piernas que hacía meses que no estaban en contacto con el terreno vertical.

Pero nuestra mente está preparada para borrar todo ese sufrimiento y negatividad en cuanto divisa a lo lejos la línea de meta. Ese hechizo por el cual pasas de arrastrar los pies a elevarte como Ícaro, alargando las zancadas y sintiendo que vuelas. Ansioso de morder la meta y decirme a mí mismo: ”Lo he conseguido”. Saborear esa magia de la que están hechos los sueños. Ese sueño perenne de visualizarte cruzando la meta cuando sales a correr con frío, lloviendo o de noche. Cuando sabes que un día más de entreno es un día menos para la prueba.

5:33h

Y ahí estaba yo, me encontraba abrazado a la mujer de mi vida, con un pedazo de madera y cuero con forma de medalla oscilando en mi cuello y unas lágrimas que sabían a vida.

Ojalá llegue el día en el que los raramurí corran por diversión y no por necesidad. Ese día en el que las lluvias vuelvan a sus cosechas y no tengan que conseguir el maíz en grano a cambio de correr, y puedan volver a ver brotar sus maizales. En el año 93, cuando los raramurí se dieron a conocer en el mundo moderno su principal objetivo no era la fama ni ganar carreras, sino canjear los premios en metálico para abastecer a su gente. Gente que está siendo víctima del cambio climático si ni siquiera saber qué significa.

Frenar esta tremenda herida que estamos abriendo en este hogar llamado Tierra es cosa de todos. Cuando aprendamos a vivir en sintonía con la naturaleza y no como huéspedes de un hotel empezaremos a cambiar la forma de entender hacia dónde debemos ir. Y sobre todo de donde venimos. Porque tenemos que aprender mucho de estas sociedades menos “¿evolucionadas?” y seguir su camino.

“Hola”, “Hello”, “Salut”, “Ciao” son palabras cordiales que usamos a diario para interactuar con nuestros semejantes, pero los tarahumara van un paso más allá. Ellos son más simples y recuerdan constantemente la esencia del ser humano.

“Kuira bá” (Todos somos uno).

 

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